Y duele, joder que si duele. Sientes un millón de cuchillazos en tu ser y lloras, como cuando no querías dejar de jugar y veías a todos irse dejándote sola a merced de la noche. Recuerdas el miedo que te daba volver sola a través de la carretera oscura escuchando gritos desgarradores.
Es un camino largo, intenso, fúnebre que recorres y, lo juro, se te hace eterno volver a casa. Pero, ¿de verdad quieres que vuelva a casa? ¿De verdad quieres volver tu?
Y sigues llorando, porque aunque hallas llegado esto no se ha acabado, porque sientes un vació tan grande y profundo que deseas llenarlo con lo que sea y, maldita sea, los gritos ayudan mucho. GRITO. Grito como un bebe alejado de los brazos de su madre, hacia tanto que no gritaba así.
Entonces llueve, te empapas, hace frió y enfermas, no quieres taparte, secarte y dejas que esas gotas recorran tu alma y sigues llorando. La lluvia acaricia tus lágrimas, besan tu dolor y abrazan tu alma. pero ¿qué alma? Yo no veo ninguna en mi interior. Lamentas lo que no hiciste, porque ahora te parece que DEBÍAS haberlo hecho, aunque no te pareciese bien antes. Y lo haces, rememoras lo que fue.
Olvidas el presente convirtiéndote en un fantasma.
Te dicen que no pasa nada. Pero vuelves y ves que todo es distinto, mas yo no quiero volver a cambiar. ¿Por qué hay que pasar por ese dolor de nuevo? Y lo pasas, te destroza, no sabes quien eres, quien eras o quien seras. Y vuelve a llover, te sientes reconfortado, pero en realidad es una mascara. Finges. Ya se fue la felicidad.